
El Alto Atlas marroquí es probablemente el lugar más exótico que existe cerca de nuestra Península Ibérica. Ese exotismo es lo que más nos atrajo, y esa cercanía lo que acabó de convencernos de que era el destino adecuado para nuestras vacaciones.
Partimos desde Tarifa dos parejas de amigos con la intención de transitar por esos paisajes radicales, entre hostiles y generosos, de la montaña rocosa y el oasis amable.
Tras cruzar a Marruecos con el ferry continuamos en autobús hacia Fez, donde pasamos la primera noche. La mañana la dedicamos a conocer Fez: las puertas del Palacio Real, el barrio judío, la medina. Caminamos por las callejas con nuestras bolsas de viaje, más cómodas que las mochilas que reservábamos para la gran excursión en todo terreno.
La verdad es que yo me habría quedado en Fez. Todo me resultaba apasionante. Pero siempre hay unas fechas que cumplir, y nos esperaban en Marrakech, a las puertas mismas del Alto Atlas.
Os he hablado de Fez pero, ¡qué decir de Marrakech! Los zocos, la medina, la plaza más famosa del Norte de África, Jamaa el Fna (superada tan solo en popularidad por la Tahrir pero por otras razones). Otra vez me quedo con ganas de más. Nos encanta Marruecos y su gente. Es la primera vez que venimos, pero ya sabemos que volveremos, y eso que todavía no ha comenzado nuestra pequeña (¿gran?) aventura: el trekking en el Alto Atlas.
Pertrechados, ahora sí, con las mochilas, subimos hasta Oukaimeden, a 2.600 m. de altura. A partir de ahí las emociones se suceden ante las pinturas rupestres, los collados, las cumbres y los valles, los pequeños pueblos, los bosques de abetos y, al final, el Toubkal, la montaña más alta del norte de África, que sube hasta los 4.167 m. y promete en el horizonte, la inenarrable visión del desierto más gran del mundo: el Sahara.
¿Sabéis dónde volveré en mis próximas vacaciones?































